



Érase un rey que tenia un jardín de rosas, un rey poderosísimo que se llamaba Midas. Era el rey de los frigios un pueblo que vivió en Europa aunque muchos años después se trasladarían a la actual Turquía. Este rey vivió hace muchísimos años, tantos, que sumaron siglos y ya nadie se acuerda si su jardín estaba en Macedonia o en Anatólia. De lo que si se tiene noticias era que el hermoso jardín tenia rosas de sesenta pétalos que era admiración de propios y extraños y que el rey se sentía muy orgullosos de él.
El caso es que Silenos, a veces, acudía a su jardín. Silenos era era un personaje que acompañaba al dios Dioniso. Se parecía a los sátiros pero era mucho más viejo, panzudo y le gustaba mucho el vino. Midas tenia ganas de hablar con él pero Silenos era escurridizo y no había manera de lograrlo.
Midas, que en contra de las leyendas que después hicieron correr sobre él era inteligente, le tendió una trampa a Silenos. Mezcló mucho vino en el agua de la fuente a la que acudía a beber y consiguió que este se emborrachara, entonces los criados del rey lo llevaron a presencia del monarca quien después de atenderlo magníficamente y esperar a que se le pasara la embriaguez le preguntó sobre el sentido de la vida. Silenos no le quería responder pero por fin le dijo que los hombres más les valdría no haber nacido porque nunca iban a encontrar la felicidad.
Acabada la conversación el rey devolvió a Silenos al dios Dioniso quien en recompensa le concedió a Midas el deseo de que cuanto tocara se convirtiera en oro. En mala hora tuvo aquel deseo porque efectivamente todo lo que entraba en contacto con el rey se transformaba en el preciado metal y así también la comida ni la bebida no podía llegar a su boca. El rey moría de hambre y de tristeza. Al querer abrazarse a su hija esta también se convirtió en oro.
Ante el desespero del rey el Dios se apiadó y le dijo que si se bañaba en el río Pactolo la maldición desaparecería. Así lo hizo Midas y se vio libre del fatídico don, después recogió agua en una vasija y con ella mojó a su hija que volvió a la normalidad.
El rey aprendió la lección y se contentó con sus riquezas que ya eran muchas y cuentan que él y su hija volvieron a vivir y disfrutar de su hermoso jardín de rosas de sesenta pétalos.
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Los jardines ha inspirado leyendas y literatura por eso he querido recoger aquí una muy antigua de un rey muy rico que tenia uno y lo consideraba como una de sus mas preciadas posesiones.
Herbácea rizomatosa sin hojas en roseta basal, hojas desde lanceoladas a lineales, con un solo nervio generalmente. Corola de color azul con cinco líneas verdosas, blanquecina por la base-interior del tubo.

La flor del ceibo es la flor nacional de la República Argentina. También denominada seibo, seíbo o bucaré, fue declarada flor nacional argentina por Decreto del Poder Ejecutivo Nacional Nº13.847/42, del 22 de diciembre de 1942. De ahí que el 22 de Noviembre se celebra el día de la Flor Nacional. También es la flor nacional de nuestro país vecino la República Oriental del Uruguay.
El Ceibo es un árbol originario de América, de la zona subtropical, no muy alto, de tronco retorcido, pertenece a la familia de las leguminosas, por lo que las semillas se guardan en vainas encorvadas. Sus flores son rojas, de un rojo carmín. Crece en las riberas del Paraná y del Río de La Plata, pero se lo puede hallar en zonas cercanas a ríos, lagos y zonas pantanosas a lo largo del país. La madera de ceibo es muy liviana y porosa, y se la utiliza para la construcción de balsas, colmenas, juguetes de aeromodelismo. Su presencia en parque y jardines argentinos, pone una nota de perfume y color. Y el admirador evita arrancar sus flores, debido a que sus ramas poseen una especie de aguijones.
Leyenda de la flor del ceibo
Según cuenta la leyenda la flor del ceibo nació cuando Anahí fue condenada a morir en la hoguera, después de un cruento combate entre su tribu y los guaraníes.
Por entre los árboles de la selva nativa corría Anahí. Conocía todos los rincones de la espesura, todos los pájaros que la poblaban, todas las flores. Amaba con pasión aquel suelo feraz, silvestre, que bañaban las aguas oscuras del río barroso. Y Anahí cantaba feliz en sus bosques, con una voz dulcísima, en tanto callaban los pájaros para escucharla. Subía al cielo la voz de la indiecita, y el rumor del río que iba a perderse en las islas hasta desembocar en el ancho estuario, la acompañaba. Nadie recordaba entonces que Anahí tenía un rostro poco agraciado, tanta era la belleza de su canto.
Pero un día resonó en la selva un rumor más violento que el del río, más poderoso que el de las cataratas que allá hacia el norte estremecían el aire. Retumbó en la espesura el ruido de las armas y hombres extraños de piel blanca remontaron las aguas y se internaron en la selva. La tribu de Anahí se defendió contra los invasores. Ella, junto a los suyos, luchó contra el más bravo. Nadie hubiera sospechado tanta fiereza en su cuerpecito moreno, tan pequeño. Vio caer a sus seres queridos y esto le dio fuerzas para seguir luchando, para tratar de impedir que aquellos extranjeros se adueñaran de su selva, de sus pájaros, de su río.
Un día, en el momento en que Anahí se disponía a volver a su refugio, fue apresada por dos soldados enemigos. Inútiles fueron sus esfuerzos por librarse aunque era ágil. La llevaron al campamento y la ataron a un poste, para impedir que huyera. Pero Anahí, con maña natural, rompió sus ligaduras, y valiéndose de la oscuridad de la noche, logró dar muerte al centinela.
Después intentó buscar un escondite entre sus árboles amados, pero no pudo llegar muy lejos. Sus enemigos la persiguieron y la pequeña Anahí volvió a caer en sus manos. La juzgaron con severidad: Anahí, culpable de haber matado a un soldado, debía morir en la hoguera. Y la sentencia se cumplió. La indiecita fue atada a un árbol de anchas hojas y a sus pies apilaron leña, a la que dieron fuego. las llamas subieron rápidamente envolviendo el tronco del árbol y el frágil cuerpo de Anahí, que pareció también una roja llamarada. Ante el asombro de los que contemplaban la escena, Anahí comenzó de pronto a cantar. Era como una invocación a su selva, a su tierra, a la que entregaba su corazón antes de morir. Su voz dulcísima estremeció a la noche, y la luz del nuevo día pareció responder a su llamado.
Con los primeros rayos del sol, se apagaron las llamas que envolvían Anahí. Entonces, los rudos soldados que la habían sentenciado quedaron mudos y paralizados. El cuerpo moreno de la indiecita se había transformado en un manojo de flores, rojas como las llamas que la envolvieron, hermosas como no había sido nunca la pequeña, maravillosas como su corazón apasionadamente enamorado de su tierra, adornando el árbol que la había sostenido.
Así nació el ceibo, la rara flor encarnada que ilumina los bosques de la mesopotamia argentina. La flor del ceibo que encarna el alma pura y altiva de una raza que ya no existe.
Para ampliar información:
www.ambiente.gov.ar/?idarticulo=680 -